¡Una de las mejores miniseries del 2020!
- Super8

- Nov 5, 2020
- 13 min read
Updated: Mar 12, 2021
Creada y dirigida por Scott Frank y Allan Scott e interpretada por la talentosa Anya Taylor-Joy. Esta miniserie se ha posicionado como una de las mejores joyas estrenadas en la plataforma digital de Netflix. Scott Frank se aproxima más a un melodrama clásico que a un falso documental (biopic). Y es que, a pesar de estar basada en la novela homónima de Walter Tevis, se han usado todos los recursos cinematográficos necesarios para que, en tan solo 7 episodios, podamos explorar la vida de Beth Harmon (Anya Taylor Joy): una huérfana prodigio del ajedrez que, a muy temprana edad, lucha contra la adicción y su soledad mientras busca convertirse en la mejor ajedrecista del mundo. Dando como resultado un proyecto inteligente, emotivo, desafiante y seductor.

—Las niñas no juegan ajedrez.-Mr. Shaibel, interpretado por Bill Camp
El elenco que acompaña a Anya lo conforman: Annabeth Kelly como Beth Harmon (niña); Bill Camp como el Señor Shaibel; Chloe Pirrie como Alice Harmon; Marielle Heller como Alma Wheatley; Harry Melling como Harry Beltik; Thomas Brodie-Sangster como Benny Watts; Marcin Dorocinski como Vasily Borgov; y Moses Ingram como Jolene.
Cabe señalar que, el personaje de Beth Harmon está inspirado en varias figuras reales del ajedrez, como el cubano José Raúl Capablanca, el argentino Miguel Najdorf, la húngara Judit Polgár, el ruso Anatoli Kárpov, el estadounidense Bobby Fischer, entre otros. Aunque, éste último es representado por el personaje de Benny Watts, quien fue también el número 1 de los Estados Unidos en aquella época: Hacemos un viaje hacia los gloriosos años 50 y 60.
¿Falta de rigurosidad ajedrecística?
Se sabe que el ajedrez y el cine mantienen una relación vetusta y problemática, pues, muchas películas han tratado de crear grandiosas historias alrededor de ella, desvelando su esencia intelectual y artística, pero con severas fallas ajedrecísticas imperdonables para cualquier conocedor.
Películas clásicas como Chess Fever de Vsevolod Pudovkin y Nikolai Shpikovsky (1925), The Seventh Seal de Ingmar Bergman (1957); modernas como The Luzhin Defence de Marleen Gorris (2000), Pawn Sacrifice de Edward Zwick (2014), El jugador de ajedrez de Luis Oliveros (2017); cabales como Searching for Bobby Fischer de Steven Zaillian (1993); anómalas como Knight Moves de Carl Schenkel (1992); Hijo de Caín de Jesús Monllaó (2013); y azucaradas como La reina de Katwe de Mira Nair (2016); han sacrificado la rigurosidad ajedrecística para mantener un interés más cinematográfico y popular.
No puedo negar que resulta más profesional que los directores, en lugar de darse la libertad de plasmar posiciones incongruentes o ilegales en sus películas, pidan asesoramiento a los expertos en la materia. Es un criterio lógico: si el ajedrez o ajedrecista es el o la protagonista, debes de reducir al mínimo los errores con respecto a su universo. Valoro más a los que deciden dirigir y filmar sus películas respetando la rigurosidad ajedresítica. Claro que toma su tiempo prepararla, incluso desde el guión.

—Quería ganar. Quería aprovechar sus debilidades, que viera que podía ganarle aunque no jugué como él quería.-Beth Harmon
Ahora, ¿la miniserie de Scott Frank cae en la misma falta de rigurosidad ajedrecística?
Sí, pero es mínima. Esto se debe a que el ajedrez pasa siempre a segundo plano; además, cuando está brillando en un primer plano, es evidente que se trata solo de un recurso narrativo y estético. Aquello nos lleva a pensar que la miniserie no se enfoca en retratar las peculiaridades del ajedrez, sino en algo más.
Como se menciona en uno de los diálogos de la miniserie: “El ajedrez no lo es todo”. La coherencia ajedrecística pasa desapercibida gracias la riqueza de los planos y al montaje utilizado, los cuales nos ‘distraen’ de poder analizar a detalle si se cometió una falta o no.
Sin embargo, en cierta forma, me veo obligado a excluir todo lo relacionado con las leyes del ajedrez y las consideraciones técnicas de competición, pues, no soy un ajedrecista o un aficionado, ni mucho menos pretendo elaborar una fiel comparación entre lo que se ve en la serie y lo que se ve en los torneos (entre lo que es real y lo que es ficción). De modo que: la forma de tomar las piezas como una verdadera ajedrecista; llamar “fichas” a las piezas o “reinas” a las damas; hacer referencias teóricas incorrectas sobre aperturas, defensas y variantes o modificar la velocidad de comportamiento en el juego; quedan exonerados de los detalles a analizar en esta crítica.
DATO: Para los cinéfilos que desean presenciar la rigurosidad ajedrecística de un modo más metafísico, les recomiendo verse toda la visionaria cinematografía de Stanley Kubrick, quizá, el cineasta más influenciado por el ajedrez.
A pesar de que éste no sea la trama principal, en sus películas se pueden apreciar referencias, homenajes y formas de componer y encuadrar inspiradas en el tablero y sus piezas. De igual forma pueden verse fieles documentales como Brooklyn Castle (2012) o la película The Dark Horse (2014) de James Napier.

—Coqueteé con el alcohol casi toda la vida. Ya era hora de consumar la relación.-Alma Wheatley
Corazón y alma
Fue muy inteligente haber decidido exponer más tiempo en cámara las expresiones faciales de los jugadores (sus emociones/sus decisiones), así como, el peso de la consecuencia que conlleva cada una de sus jugadas en lugar del tablero, pues, poco nos interesa entender el movimiento o posicionamiento de las piezas en concreto, sino descubrir qué significa para ellos mover tales piezas.
El corazón de la miniserie es nuestra protagonista Beth Harmon, la interpretación de Anya se roba cada plano, cada escenario, cada momento; pero el alma se encuentra en su integración, crecimiento, aprendizaje y evolución gracias al mundo del ajedrez, a pesar de haber sido una huérfana.
Partimos desde el suicidio de su madre; luego presenciamos su ingreso a un estricto orfanato católico en el que descubre lo que es la dependencia a las drogas, en especial, al Librium (para los pacientes que padecen de ansiedad e insomnio). Después somos testigos de su primer encuentro con el misterioso conserje (el señor Shaibel) quien, poco a poco, la llega introducir al mundo del ajedrez (enseñándole a mover sus primeras piezas y a respetar sus reglas básicas). Por consiguiente, nos alegramos al ver que ella empieza a despuntar en todo debido al descubrimiento de su talento innato. Y llegamos hacia el momento en que Beth empieza a crecer y a enfrentarse contra numerosos oponentes de los que aprende mucho, pero que, también, le advierten sobre las consecuencias de no controlar su impulso autodestructivo (abusando del alcohol y las drogas que la terminar poniendo en desventaja durante los torneos más relevantes de su vida).
En medio de todo ese proceso se halla la frustración como uno de los ejes centrales de la trama. La frustración expresada en Beth cuando empieza a caer en picado, revela lo que siempre ha venido sintiendo desde que sufrió el abandono de su madre: la inseguridad.
Beth es insegura por su pasado conflictivo, por su poca capacidad para establecer relaciones sociales y su casi nulo interés en el amor y las relaciones convencionales de la época. Todo ello es expresado, magistralmente, a través de los movimientos que se nos deja ver en sus partidas de ajedrez.
Cuando ella se enfoca, las partidas son más emocionantes y curiosas; cuando ella se pierde, son más abrumadoras, trágicas y dramáticas. Con ello, se nos revela que para ganar una partida se necesita ver qué salió mal, analizar las propias fallas, calcular el margen de error, los defectos y reajustar la estrategia, incluso, reeplantearla de nuevo por completo. Gracias a los dilema representados en la miniserie podemos afirmar que Beth sí lo tiene claro todo el tiempo, solo que, no lo puede aplicar por completo debido a su altísimo ego, en el cual ella oculta su más profunda inseguridad.
Como dijo el Señor Shaibel: “El talento tiene un costo”. Aprender a equilibrar ese costo es uno de los principales conflictos de la trama, pues, comprobamos junto con Beth que la intuición no se encuentra siempre en los libros y que la fuerza del éxito radica en el trabajo colectivo. Esto último es interesante, ya que, el ajedrez es uno de los deportes más solitarios e individualistas del mundo. Y Scott Frank no teme decirlo.

—La creatividad y la psicosis van de la mano. O, para el caso, la genialidad y la locura.-Entrevistadora de la revista LIFE
Montaje y magnetismo
El montaje y el apartado visual de la miniserie (vestuario, escenografía, paleta de color, edición, etc.) es lo segundo que más rescato después de las interpretaciones. Todas están bien cuidadas a detalle, sobre todo, al momento de sumergirnos en la idiosincrasia de los años 50 y 60, y el contraste encarnado en el personaje de Beth Harmon: ¡una fémina en el ajedrez!
Cada país que se visita es maravilloso; hipnotiza y esplende de acuerdo a su ritmo. Repito, no solo se debe por su ambientación y ejecución técnica, sino por su forma de exponerla a través del montaje. Lo que nos separa de pensar que estamos ante una especie de falsa biografía (sobre una ajedrecista real ‘dramatizada’), son las partidas. En ellas es donde más brilla el montaje. Si observan bien, cada jugada y cada partida nunca es igual. Y no es porque los lugares y las personas cambian (evidentemente), sino que el montaje refuerza los planos mostrados en cámara y cómo de manera implícita se va construyendo una emoción diferente; un significado diferente; un subtexto diferente.
Se juega con los movimientos de cámara, la iluminación y el encuadre para componer un dinamismo magnético, que te atrapa desde el primer movimiento a pesar de que no entiendas a la perfección lo que estás viendo. El montaje también ayuda a crear tensión cuando se necesita, no siempre es una mixtura de escenas intervenidas por una pieza musical o un corte de planos yuxtapuestos con encuadres diferentes, a veces, solo es el silencio; una mirada o, el “tictac” de algún reloj.
El montaje ha hecho que la miniserie se sienta fluida y que cada episodio mantenga un mismo ritmo, porque sí, no se puede decir que alguno ha sido flojo o que ha sido redundante o de relleno. Todos van “directo al grano”. Scott Frank no permite que convivan varias lecturas en su obra, es así de directo. Razón por la cual, Gambito de dama emana una autenticidad en lo que se está contando. Aprovechando este punto, debo reconocer la gran decisión de no revolver la trama a través de saltos temporales entre el pasado y el presente, como muchas otras series lo hacen.
Si bien, el orden no siempre es estrictamente cronológico (porque se permiten los flashbacks), todo tiene un sentido narrativo lineal y específico, como la apertura de varios episodios mostrando la relación de Beth con su madre (antes del accidente). Es decir, son recuerdos que ayudan a avanzar y que nunca nos distraen de lo que está pasando en el presente; ya suficiente información se nos da al explorar los matices de nuestra protagonista.
Agrego también que, el montaje sirve como ‘hilo fantasma’ que nos va conduciendo hacia el goce de la trama, con sus efectos visuales se nos permite cambiar nuestra experiencia con el ajedrez, a veces, muy apasionantes y otras, más solitarias y frustrantes. Asimismo, el manejo de los espacios entre escenas cargadas de acción, drama y reflexión crea un equilibrio que, de alguna forma, nos ayuda a hacer frente a los demonios personales que acechan a Beth. Recordemos la vez cuando perdió (por segunda vez) contra Borgov en Paris y se utilizó el “blur” para ocultarnos su vergüenza. ¡Sutil!
Algunos diálogos intentaron ser soberbios; sin embargo, pienso que en algunos faltó más espontaneidad. Montajes como la relación entre Beth y Alma fueron de lo mejor, al igual que el de Beth y Benny. Esa espontaneidad me hubiese gustado sentir en los diálogos también.

—La ira es una especia fuerte. Una pizca te despierta. Demasiado, te adormece.-Harry Beltik
Belleza tácita
La miniserie nos pone en claro que lo ajedrecístico es un arte, es una belleza disimulada y escondida. Realmente aprecio el hecho de que hallan llevado dicha elegancia estética a cada plano y a cada escena. Ya sea en Paris, México, Rusia o Las Vegas, en todas podemos nutrirnos de ese concepto implícito que encierra al ajedrez. Con esos detalles antiguos, clásicos y exclusivos que no solo corresponden ‘convenientemente’ a la época, sino con el ajedrez en sí.
Me encanta cuando el subtexto se lleva hacia lo más mínimo en los planos, porque el color, la composición (regla de tercios) y la perspectiva, también importan. Todo forma parte de un mismo concepto y ese concepto es la belleza ajedrecística.
Tal vez, si han descifrado el porqué adoro la manera de encuadrar y filmar de Stanley Kubrick, sabrán a qué me estoy refiriendo. Y no se trata de ver simetrías, sino ver coherencias en lo expuesto en cada escena. Observen por segunda vez los planos en donde no figura ningún elemento de ajedrez y pregúntense a sí mismos: ¿Lo que veo me lleva a pensar en el ajedrez y sus formas? ¿Sus colores, sus texturas, sus reglas?
Además, esta belleza tácita, incluso, se puede encontrar en el contraste sociopolítico del cual se nutre la tram: el individualismo versus el colectivismo; el capitalismo versus el comunismo. Siempre hay dos frentes que se contrastan y se disgregan entre sí y lo hermoso se encuentra en cómo la miniserie los une sin ningún atisbo de exacerbación.
Cuando Beth conoce a la modelo en el departamento de Benny (Cleo), ella le confiesa una sutil metáfora acerca del mundo de la estética, de la belleza y la moda: “los modelos son lo que pongas encima de ella”. Para ella son criaturas vacías e insípidas, esto para matar el interés de Beth hacia ese mundo.
Aquí, prácticamente, fue Scott Frank planteando el contraste entre dos tipos de bellezas: la explícita y la implícita. Ganando, por supuesto, la belleza ajedrecística; lo que es el personaje de Beth en sí. Beth es el ajedrez, ella es el todo de sus piezas, ella las mueve según las decisiones que toma, según cómo afronta sus inseguridades, sus demonios y su dependencia. Ella es quién confronta sola a su padre adoptivo, la muerte de su madre y de su madre adoptiva; ella es quién elige cómo posicionarse frente a la imagen de autoridad que vemos representado a través de las injusticias y los rivales. Pero estos cambian a su vez...¡Ella los cambia!¡ ¡El ajedrez te cambia!
En el último episodio Beth recuerda de dónde vino, quién fue su primer apoyo, quién le ayudó a mover su primera pieza. El orfanato fue su primer oponente (no el señor Shaibel), su primer espacio, su primer tablero y ella...lo único que tenía, incluso, Jolene se había percatado de eso desde un principio. Por eso funciona perfectamente la escena más conmovedora de la miniserie: cuando los viejos amigos se unen para ayudar a Beth en su última cruzada: su tercera partida contra Borgov. Un momento hermoso que nos muestra, una vez más, lo bello que es saber mover las piezas; lo bello que es levantarte después de una gran caída; lo bello que es empezar de nuevo. A lo que nos lleva hacia el último punto de esta crítica.

—Por un tiempo, yo fui todo lo que tenías. Y por un tiempo, tú fuiste todo lo que tenía. No éramos huérfanas. No si nos teníamos la una a la otra.-Jolene
—Los estadounidenses jugamos solos. Somos muy individualistas. No nos gusta que nos ayuden.-Benny Watts
El ajedrez como metáfora de vida
Siempre he buscado enfocar mis críticas utilizando la semiótica y la semántica para resaltar las metáforas que se pueden extraer de las películas o series, pues, considero que es más valioso que mis lectores se vayan inspirados y cautivados por los mismos.
En Gambito de dama rescato varias semejanzas con la vida real. Por ejemplo, acerca de la pieza fundamental; uno creería que Beth es la pieza fundamental, pero realmente la “dama” no es la que más y mejor se mueve, no es una pieza superior al resto. Todas importan, por lo que se debe planificar bien los movimientos y de eso tratan los dilemas de nuestra protagonista. Incluso, Harry y Benny tratan de convencer a Beth de no siempre recurrir a la improvisación; en el ajedrez siempre se llega a la meta si se traza un plan, solo así, se puede anticipar los problemas (movimientos) ajenos a uno.
El enroque es una defensa adecuada y conveniente, y está bien representada con el pequeño círculo que rodea a Beth (el rey), pues, siempre correrá menos riesgos si es que se rodea de gente que la ayuda, sobre todo, en una situación muy comprometida como la final en Rusia. Con esto último se puede decir que, Beth sí pudo salir de su zona de confort y nunca se encasilló en su propio castillo. Esto también recuerda el máximo limitante: el tiempo.
Beth no movía sus piezas cuando estaba ahogada en el alcohol y las drogas (cuando le ganaba su soledad), pero, al final, ella pudo comprender que el tiempo pasado nunca se va a volver a recuperar, por lo que, aprendió a no desperdiciarlo más. Volvió a empezar, como toda partida de ajedrez, logró ver que al final hay todo un futuro por delante.
En relación a las partidas, el respeto siempre es fundamental y Scott Frank nos demuestra su importancia y efecto. Hasta con el oponente máximo (Borgov) nos quedamos satisfechos presenciando el nivel de profesionalismo que tienen los competidores (aunque algunos huyeron del encuentro), pero, en general, siempre se mantuvo el principio de respetar al rival porque nunca se sabe cuándo puedes estar en su lugar.
La idea de no tener un rival cliché es clave, pues, Beth es su único amigo y enemigo. Esto nos lleva a no polarizar los hechos y a disfrutarlos con más ánimo y empatía. La miniserie nos enseña que si nos mueve el miedo o el rencor, las partidas serán lo peor de nosotros, perderemos el enfoque, el equilibrio y volveremos a caer. El punto de inflexión se da en dos momentos: cuando muere Alma y cuando muere el señor Shaibel. Dos caídas muy significativas que nos dicen que siempre que nos vaya mal, habrá tiempo suficiente para volver a empezar una nueva partida.
¡Que decir sobre el final de la miniserie! Scott Frank nos otorgó un cierre muy simbólico. Recordemos que el contexto de la trama se ubica en plena Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Un enfrentamiento tácito sobre política, economía, fuerza armada y medios de comunicación. De manera magistral, se nos introdujo la idea estadounidense de odiar y temer a los rusos, sirva como ejemplo, lo que buscaba la Federación de Ajedrez con Beth: la oportunidad de crear campañas sobre la superioridad del bloque estadounidense sobre el ruso; los creyente sobre los ateos; los buenos sobre los malos.
Después de su victoria contra Borgov, Beth decide bajar de la limosina para caminar por las calles de Rusia, algo que no se le estaba permitido. Es a través de nuestra protagonista por la cual vemos una especie de reconciliación simbólica entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Beth camina por la calles y el movimiento de cámara cambia radicalmente, ahora tiene encuadres más irregulares, la cámara salta con ella, es mucho más animada y libre (contraste con lo estacionario de las partidas); luego, atraviesa un espacio donde un grupo de ancianos están jugando "ajedrez callejero" y la reconocen, admirándola y felicitándola por sus logros y su notable participación en las competencias. De pronto, uno de los ancianos la invita a jugar y es donde todo acaba.
Sin duda, un final muy emotivo, porque nos podemos dar cuenta de que el ajedrez no siempre tiene que ser competitivo o lujoso, también puede es básico, simple, modesto y humilde. Por breves segundos nos olvidamos de los ambientes imponentes y cerrados de los torneos; nos olvidamos del intimidante “tictac” del tiempo y de las miradas ajenas de asombro y de mesurado juicio de los espectadores; sentimos que en ese lugar estamos rodeados de amigos, es más cercano y ameno. Y nos contentamos con el hecho de imaginar cómo hubiese sido la partida entre Beth y el anciano, qué tan divertido hubiese estado.
Es así como las diferencias entre ambos países rivales dejan de existir. Ninguno es “bueno”, ninguno es “malo”. El deporte une y ese es el mensaje final que nos deja Scott Frank. Un final que me conmueve en lo más profundo de mi corazón.

—El juego es tuyo, tómalo.-Vasily Borgov
Calificación: 5/5
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